No puedo. Es que no puedo. No soporto ir a la frutería.
Yo no entiendo por qué las madres se empeñan en que la fruta hay que comprarla en esos establecimientos malditos. ¿Realmente es tanta la diferencia de precios entre un centro comercial y la frutería del barrio? A mí es que me da la impresión de que es todo psicológico.
Las fruterías son lugares donde el estrés está a flor de piel.
Primero hay que preguntar que quién da la vez -porque, desde luego, en la frutería de al lado de mi casa eso de los números (¿cómo se llaman esas máquinas?) no se estila-. He de admitir que el descubrimiento de esta pregunta constituyó un gran paso para la humanidad -para mí humanidad, sí-. Porque yo antes preguntaba: “¿quién es la última?” y contestaba un señor de, por lo menos, 120 kilos que él era el último. Y, claro, pues como que no queda bien. La pregunta inversa (”¿quién es el último?”) tenía también consecuencias similares.
Después de saber quién va delante de ti tienes que ser consciente que va a dar igual. Te pongas como te pongas. Y va a dar igual porque, en el último momento, siempre va a llegar Benedicta o Caridad o Pepita -clientas habituales del establecimiento- y se van a colar delante de tus narices. Y ya puedes intentar evitarlo o decir que “vaya morro, señora”, que ellas, y sólo a veces por favor, siempre van a tener más prisa que tú, siempre van a tener más cosas que hacer que tú y siempre, siempre, siempre van estar mejor educadas que tú. Ay, la juventud. Además, hay que tener en cuenta un factor importantísimo -y aquí me desvío un poco del tema-: nunca dejéis pasar por delante de vosotros en la cola a una abuelilla en un supermercado si utiliza la excusa de que “sólo traigo esto” mientras te enseña una triste lata de bonito. Es mentira. Cuando ya te haya adelantado procederá a llamar a su marido que vendrá con un carro lleno a cascoporro. Se han dado casos en los que el marido llevaba dos carros.
Pero sigamos con lo que estábamos. Cuando uno consigue que le atiendan en la frutería tiene que tener muy muy claro la cantidad que quiere de cada cosa (gracias, mamá, por no ponerlo en la nota). ¿Y por qué? Muy sencillo, porque el/la frutero/a tiene unos reflejos -y una experiencia- tremendos y va a proceder del siguiente modo:
Cliente: “me pones patatas”.
Frutero/a: (atención porque esto lo dirá antes de que tu hayas acabado de decir ‘patatas’ y en un tiempo estimado de un microsegundo): “¿cinco kilos?”.
Y, claro, yo supongo que Benedicta estará acostumbrada a ello, pero yo no sé, así a bote pronto, cuánto son cinco kilos de patatas. Pero, a la vez, el/la frutero/a va tan rápido que te ves obligado a decir: “psi…”. Y, mientras, piensas: “joder, a ver cuánto son cinco kilos de patatas”. Pero es que no has acabado de pensar en lo zoquete que eres con las cantidades cuando, el sujeto que atiende, ya te ha preguntado: “¿algo más?”. Y tú dices: “sí, tomates”. Y te dice: “¿tres kilos?”. Y tú (dubitativo): “bueno…”. Pero, acto seguido añade: “aunque tengo de oferta estos para ensalada que están estupendos y son sólo cuatro kilos no-sé-cuántos euros”. “Ah, pues de esos mismos”. Y, mientras te los pone, te das cuentas de que ya puedes ponerte hasta el culo de tomates esta semana porque cuatro kilos son una barbaridad.
- “¿Algo más?”
- “Sí, puerros.”
- “¿Un manojito?”
- (Esto lo tienes claro) “Sí.”
- “¿Te quito un poco de lo verde?”
A tomar por culo.
Y yo qué sé. En ese momento se te aparece la cara de tu madre. Tanto si vas con lo verde de los puerros como si no, lo vas a haber hecho mal. Así que dices: “vale, sí, quítamelo”. Y entonces, una señora bajita con aire de superioridad y chaqueta de entretiempo así como de ante marrón te dirá: “No, hombre, no. Que eso luego le da más sustancia al caldo”. Miras al frutero, ves que ya te lo ha quitado y decides callarte.
El resto de la compra transcurre con relativa normalidad. Eso sí, cuando coges las bolsas y ves que casi no puedes con ellas es cuando realmente te das cuenta de que eres un verdadero cenutrio. Y el frutero, un listo.
Sabe Dios que a mí esto no me vuelve a pasar.
Yo no vuelvo a una frutería.
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