Archivo para 14 enero 2011

14
Ene
11

Las 1.001 formas de ponerle la funda al nórdico

El día que alguien invente un ponedor de fundas de edredones nórdicos juro por lo que más quiera que haré veinte días de cola en El Corte Inglés para ser el primero en comprarlo. Los veinte días por los sacrificios que me voy a ahorrar y ser el primero para poder cambiarlo… a diario. Ahora, lo mismo alguien sabe un método mágico -como el del chino ese que dobla camisetas en 4 segundos pero luego quedan como el culo (aquí uno que lo ha probado)- y se lo tiene callado y recibirá todo mi odio telepático. Estas son mis tres formas básicas:

Forma 1: extender funda nórdica en cama. Introducir esquinas de edredón por abajo hasta extremos superiores de la funda. Tirar de la funda hacia abajo. Agitarlo todo. Problemas: nunca queda bien del todo y sudas como un cerdo.

Forma 2: extender funda nórdica en la cama. Agarrar las esquinas superiores del edredón e introducirte con ellas dentro de la funda para llegar más fácil. Una vez hecho sales y agitas. Problemas: nunca queda bien del todo, puedes no encontrar las esquinas de la funda, muerte por asfixia y sudas como un cerdo.

Forma 3: extender funda nórdica del revés sobre la cama. Poner edredón encima. Agarrar las esquinas superiores de edredón y funda nórdica (todo junto con todo ello) y dar la vuelta sobre sí mismo. Agitar. Problemas: nunca queda bien del todo, te lías un huevo, te cabreas y sudas como un cerdo.

Visto lo visto… ehmm… estooo… ¿sugerencias?

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13
Ene
11

La cara de tonto

Me encanta. A partir de ahora -y esto lo digo como si no llevara más de dos años sin escribir por aquí- voy a dedicarme a plantar posts -más o menos largos, dependiendo de cómo me venga el aire cada día- de las cosas que me pasan. Que no es que me pasen sólo -con tilde- a mí. Que le pasan a todo el mundo, que yo lo sé. Lo que pasa es que sólo se cuentan cuando uno se fuma un cigarro -ejem…-, está borracho, tiene el día tonto, etcétera, etcétera, etcétera. Porque queremos parecer personas normales y -no cuela- ninguno lo somos.

20.30 minutos de la tarde. Prado del Rey, Pozuelo de Alarcón, Madrid. Tus compañeros de clase y amigos esperan el metro ligero. Tú, porque te viene mejor -no porque seas un asocial-, te vas para casa en un bus verde. Y puedes coger hasta cuatro distintos. Qué bien, ¿verdad? Te dispones a esperar.

Cinco minutos… diez minutos… miras al del lado… pues se ha quedado buen día… sí, parecía que iba a llover… ahí viene. Levantas el brazo (esto, para aquellos que vivan en ciudades donde no es requisito indispensable el movimiento de brazo, aquí es obligatorio, porque si no se hacen los suecos). Se supone que ahora el bus da el intermitente y para para que subas… o no.

Yo entiendo que si el autobús va a hasta la bandera y no cabes (porque la física tiene esas cosas: que no cabes y no cabes, no hay que empeñarse), te tendrás que esperar al siguiente. Pero, ¿no basta con pasar sin parar? ¿Es necesario poner el bus a dos ruedas? ¿Por qué en estos casos los autobuseros aceleran como si les fueran a quitar el pedal? De 60 a 140 en dos segundos y medio. Estoy seguro de que si no fuera tan grosero hasta nos harían la peineta al pasar. Vamos, y no estoy pidiendo que paren, se bajen, nos pidan perdón por no poder llevarnos y nos den una beso en la frente. Ni mucho menos.

Lo demás es de sobra conocido. Los de dentro te miran con compasión -algún hijoputa medio sonríe, para qué engañarnos- y a ti se te queda una cara de tonto de aúpa. Miras al compañero de parada -que tiene la misma cara de imbécil que tú-, haces un gesto de ‘¡pos bueno!’ y resoplas.

Y al que no le haya pasado… es que no monta en bus.