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07
Jun
08

Huelga de transportistas y familia

No hay nada peor que llegar cansado de estudiar de la biblioteca a casa y que tu madre te reclute porque “hay que comprar cosas, que han dicho que en una semana los super se quedan sin suministro”. Y uno, que pensaba que este sábado se libraba de cargar cual mula de carga por aquello de estar de exámenes, acepta con resignación.

Cinco paquetes de arroz, cuatro de azúcar que se suman a los cuatro que ya hay en casa (“porque el azúcar es energía y con vasos de leche con azúcar podemos mantenernos”), dos paquetes de espaguettis, otro más de macarrones (“la pasta es necesaria” -ya te digo-), un par de ellos de lentejas, cuatro botes de judías verdes, tres latas de tomates enteros pelados, paquetes de latas de atún por arrobas, patés (“que los patés son grasa y no te digo yo que no nos vaya a hacer falta”) y así hasta la extenuación. Ah, “y esta tarde te bajas a llenar los depósitos de los coches pero, a partir de ahora, a todos los sitios andando, que no hay necesidad de usarlos”.

Pero, vamos, que no estoy escribiendo este post para que el mundo entero sepa que mi madre es un poquito neurótica, no. Estoy escribiendo este post porque me ha parecido realmente curioso cuando ha recordado que su abuela, “que vivió la guerra, siempre hacía esto cada vez que notaba que algo podía ir mal. Claro, que la abuela tenía una despensa que, vamos. Y siempre nos decía a sus nietos que nunca nos dejáramos engañar, que nosotros lo hiciéramos aunque se rieran de nosotros. Que compráramos cosas no perecederas, claro. Y que, si venían mal dadas, nunca, nunca, nunca, bajo ningún concepto compartiéramos nada con nadie que no fuera de la familia. Que uno nunca sabía por dónde iban a venir los tiros. Y que, si al final no pasaba nada, al fin y al cabo era comida, y se iba a comer igual”. Después me soltó -por enésima vez- que lo bueno en estos casos es tener un trocito de tierra donde poder plantar unas patatas, unos tomates y un poco de pasto para una vaca.

Más allá de lo exagerada o no que pueda ser mi madre -que lo es-, resulta curiosa la mentalidad de gente que vivió tiempos difíciles de verdad. Esa mentalidad del ‘coge todo lo que puedas y no compartas, no vaya a ser que luego las cosas vayan a peor’. Y, aunque también suena egoísta, me parece una posición meditada y matriarcal. Además de entrañable.

17
May
08

Fruterías: lugares de estrés

No puedo. Es que no puedo. No soporto ir a la frutería.

Yo no entiendo por qué las madres se empeñan en que la fruta hay que comprarla en esos establecimientos malditos. ¿Realmente es tanta la diferencia de precios entre un centro comercial y la frutería del barrio? A mí es que me da la impresión de que es todo psicológico.

Las fruterías son lugares donde el estrés está a flor de piel.

Primero hay que preguntar que quién da la vez -porque, desde luego, en la frutería de al lado de mi casa eso de los números (¿cómo se llaman esas máquinas?) no se estila-. He de admitir que el descubrimiento de esta pregunta constituyó un gran paso para la humanidad -para mí humanidad, sí-. Porque yo antes preguntaba: “¿quién es la última?” y contestaba un señor de, por lo menos, 120 kilos que él era el último. Y, claro, pues como que no queda bien. La pregunta inversa (”¿quién es el último?”) tenía también consecuencias similares.

Después de saber quién va delante de ti tienes que ser consciente que va a dar igual. Te pongas como te pongas. Y va a dar igual porque, en el último momento, siempre va a llegar Benedicta o Caridad o Pepita -clientas habituales del establecimiento- y se van a colar delante de tus narices. Y ya puedes intentar evitarlo o decir que “vaya morro, señora”, que ellas, y sólo a veces por favor, siempre van a tener más prisa que tú, siempre van a tener más cosas que hacer que tú y siempre, siempre, siempre van estar mejor educadas que tú. Ay, la juventud. Además, hay que tener en cuenta un factor importantísimo -y aquí me desvío un poco del tema-: nunca dejéis pasar por delante de vosotros en la cola a una abuelilla en un supermercado si utiliza la excusa de que “sólo traigo esto” mientras te enseña una triste lata de bonito. Es mentira. Cuando ya te haya adelantado procederá a llamar a su marido que vendrá con un carro lleno a cascoporro. Se han dado casos en los que el marido llevaba dos carros.

Pero sigamos con lo que estábamos. Cuando uno consigue que le atiendan en la frutería tiene que tener muy muy claro la cantidad que quiere de cada cosa (gracias, mamá, por no ponerlo en la nota). ¿Y por qué? Muy sencillo, porque el/la frutero/a tiene unos reflejos -y una experiencia- tremendos y va a proceder del siguiente modo:

Cliente: “me pones patatas”.

Frutero/a: (atención porque esto lo dirá antes de que tu hayas acabado de decir ‘patatas’ y en un tiempo estimado de un microsegundo): “¿cinco kilos?”.

Y, claro, yo supongo que Benedicta estará acostumbrada a ello, pero yo no sé, así a bote pronto, cuánto son cinco kilos de patatas. Pero, a la vez, el/la frutero/a va tan rápido que te ves obligado a decir: “psi…”. Y, mientras, piensas: “joder, a ver cuánto son cinco kilos de patatas”. Pero es que no has acabado de pensar en lo zoquete que eres con las cantidades cuando, el sujeto que atiende, ya te ha preguntado: “¿algo más?”. Y tú dices: “sí, tomates”. Y te dice: “¿tres kilos?”. Y tú (dubitativo): “bueno…”. Pero, acto seguido añade: “aunque tengo de oferta estos para ensalada que están estupendos y son sólo cuatro kilos no-sé-cuántos euros”. “Ah, pues de esos mismos”. Y, mientras te los pone, te das cuentas de que ya puedes ponerte hasta el culo de tomates esta semana porque cuatro kilos son una barbaridad.

– “¿Algo más?”

– “Sí, puerros.”

– “¿Un manojito?”

– (Esto lo tienes claro) “Sí.”

– “¿Te quito un poco de lo verde?”

A tomar por culo.

Y yo qué sé. En ese momento se te aparece la cara de tu madre. Tanto si vas con lo verde de los puerros como si no, lo vas a haber hecho mal. Así que dices: “vale, sí, quítamelo”. Y entonces, una señora bajita con aire de superioridad y chaqueta de entretiempo así como de ante marrón te dirá: “No, hombre, no. Que eso luego le da más sustancia al caldo”. Miras al frutero, ves que ya te lo ha quitado y decides callarte.

El resto de la compra transcurre con relativa normalidad. Eso sí, cuando coges las bolsas y ves que casi no puedes con ellas es cuando realmente te das cuenta de que eres un verdadero cenutrio. Y el frutero, un listo.

Sabe Dios que a mí esto no me vuelve a pasar.

Yo no vuelvo a una frutería.